Relato de Erika Ortiz
Relato de una infancia de Erika Ortiz…
Era un día lunes de marzo de 1992 y amanecía en Tupungato, un pequeño departamento ubicado en la Ciudad de Mendoza. La televisión brindaba noticias acerca del estado crítico del país y otra vez Cavallo hablaba sobre la deuda externa, mientras otros buscaban sancionar una ley de privatización de YPF.
Desde mi habitación yo lograba percibir el olor a café con leche y tostadas, que mamá todas las mañanas preparaba, luego me fue a buscar a mi habitación. Todos estaban muy ansiosos, yo demasiado tranquila desayunaba en la mesa, eso sí me preguntaba miles de cosas, luego me levanté, caminé hacia el baño y traté de cepillar mis dientes.
Después me pasó lo peor, mamá me tenía que peinar, entre llantos logró colocar sobre mi pelo un pequeño moño blanco. Me vestí mientras papá lustraba los zapatos, tomé mi mochila y decidí partir. Tomé la mano de mamá que me llevaría con destino a mi primer día de clases, el colegio que habían elegido era: Compañía de María y quedaba muy cerca de casa.
Al llegar me encontré con un mundo de chicos igual que yo y claro lo que yo sospechaba, muchas maestras ubicadas en cada una de las filas. La mayoría de ellos lloraban y pedían a sus papás, detrás de la gente mi papá me saludaba y sacaba fotos.
Luego de un rato nos llevaron a nuestro Jardín de Infantes, yo solamente observaba la maestra delante de nosotros con una gran sonrisa. Al llegar nos encontramos con un mundo de pequeñas cosas, una pizarra, y una casita de madera a la derecha que me causó intriga. La maestra al frente nos preguntaba los nombres de cada uno pero yo no podía dejar de mirar a mamá, tenia miedo de que se fuera. Izamos la bandera que estaba en un mástil casi de mi altura y luego salimos a jugar.
Era hermoso, el jardín con un montón de columpios y maromas, una niña se acercó y desde entonces nunca nos separamos.
La maestra tenía una cara angelical, su voz era un suave sonido, brindaba todo el amor que uno se puede imaginar y con el tiempo logre quererla más de lo que esperaba., estaba atenta a todas nuestras necesidades siempre con una sonrisa imborrable.
Un día logré entrar en esa casa que tanta intriga me causaba, quedé sorprendida al entrar, había un mundo de muñecas y juguetes. Así mi paso por Jardín de Infantes llegaba a su final, extrañaría muchísimo a mi maestra y la casa de las muñecas.
Al siguiente año se daba inicio al primer grado, todo era distinto, el guardapolvo, la mochila y por supuesto la maestra, los mismos compañeros y mi amiga. Por suerte la maestra era muy buena, no como la de Jardín pero valía la pena. Todo había cambiado, hasta los recreos, no jugábamos tanto tiempo, los juegos eran diferentes, conocí la rayuela, los cantitos para jugar en pareja entre otras cosas.
Aprendimos a leer, escribir, las sumas, las restas, todo eso era mi gran pesadilla. Durante todos estos días mi mamá me llevaba al colegio.
El país aún permanecía en su mismo estado crítico, las noticias no variaban del todo.
Un día a la mañana una noticia sacude todos los hogares, frente al edificio de la AMIA explota un coche bomba dejando un saldo importante de víctimas fatales. Durantes semanas interminables se buscaron cuerpos debajo de los escombros, y todos los canales de periodismo hablaban del tema.
A mediados de ese año tuve que actuar por primera vez en el colegio, pase un momento desagradable porque olvidé la letra de un verso y salí corriendo a llorar en el baño. Luego de un largo rato me vinieron a buscar, por que papá me buscaba, seguro se había enterado de mi gran tragedia. Tomé la mochila y salí corriendo para abrazarlo, pero al ver su rostro mis pasos disminuyeron. Vi en su mirada un brillo que reflejo una lagrima, si preguntar ya sabía lo que había sucedido. Tomé a papá de la mano y no pregunté nada, solo lloré y subí al auto donde estaba mamá esperándome para decirme de que mi abuelo había fallecido.
Con el paso del tiempo llegaron mejores momentos y junto con el tercer grado, con una maestra extraordinaria en lengua, pero otra muy desagradable en ciencias naturales que me trajo muchos problemas y momentos desagradables. Era muy seria, estricta, no brindaba mucho amor y no le preocupaba nada en absoluto, ni siquiera nosotros.
Al año siguiente todo fue mucho mejor, conocí a una maestra con la cual hoy somos amigas, fue una maestra sensacional y como persona vale más que un tesoro.
Cuarto grado no lo recuerdo mucho, solo se que algunos compañeros nuevos llegaron y otros se fueron, y eso causaba una gran perdida.
El país aún seguía igual. En casa papá luchaba contra una profunda depresión y mamá junto a él. Era demasiado difícil para nosotros aceptar que papá ya no era el de antes.
Quinto grado, otra vez me preparaba para comenzar las clases, y la escuela primaria nunca terminaba. Nuevamente maestras nuevas pero ahora se multiplicaban, varias materias y todo nuevo. Por suerte muy buenas señoritas, todas inolvidables, compañeros nuevos, y mi familia saliendo adelante.
La historia de mi gran paso por la escuela primaria llegaba a su final. Sexto grado el mejor de todos, me sentía más grande aunque no lo era. Como era el antepenúltimo año se realizó un campamento que estuvo muy lindo todavía lo recuerdo como si hubiese sido ayer.
Ese año se daba a conocer quienes serían los abanderados del siguiente ciclo lectivo. Me lleve una gran sorpresa cuando me anunciaron que sería una de las portadoras de la bandera. Todos lloraban excepto yo. Me gustó mucho más cuando llegaron los regalos, al fin le daba una alegría a mamá, pero siempre fui una buena alumna.
Un año de gloria y tristeza, llegó el último año de este recorrido. Algunas lágrimas se escaparían de nuestros ojos y el corazón guardaría todos aquellos recuerdos imborrables que dejaron todas las personas que estuvieron a nuestro lado.
Y así concluye este relato, mí relato que esconde un millón de momentos que muchos tesoros deben envidiar.
FIN
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